Él, con esa sonrisa empalagosa y esos ojos que fingen colores virtuosos, vacilaba en un indefinido compás de pisadas escaleras arriba. En sus pensamientos fluía una inminente línea de nerviosismo que se exhibía en su exterior a trabes de momentáneos escalofríos. Las órbitas de sus ojos eran demasiado pequeñas para las enormes zancadas zigzagueantes de sus pupilas, que observaban hasta los más pequeños rincones del lugar. Cada paso en los viejos escalones resonaban en una siniestra polifonía que no acababa nunca, pero que fue callado por el chillido de una rupestre puerta que daba a la habitación menos apreciada. Los tonos de ese lugar eran demasiados tétricos, demasiados húmedos y manchados. La luz escasamente entraba por una pequeña ventanilla, donde las palomas se alejaban como cobardes con incesantes aleteos, pero que luego las suaves danzas del viento jugueteando entre las copas de los árboles, dejaron por un momento una leve paz en el aire. El matizado índigo de las paredes, casi convertido en negro, escondían una figura que era imperceptible de lejos, pero cuando la distancia era mínima, notabas la grácil cabellera cobriza de Mélodi, la niña de resguardada piel de papel que lleva bajo sus parpados los más cristalizados azules y grises ojos que la naturaleza podía crear. Pero ahora, esos mismos ojos estaban perdidos entre decenas de lagrimas, solo demostraban el miedo que ella sentía. Su rostro de porcelana, estaba oculto bajo una capucha opaca y asfixiante, sus gritos eran inútiles, y hasta la más simple cuerda es capaz de maniatar a una niña tan frágil y débil.
Mélodi escuchó las pisadas. Supo que alguien se acercaba, e intentó correr su cuerpo más allá del índigo de las paredes. Pero era inútil, él ya estaba a su lado. Sacó la capucha de su cabecita y automáticamente cortó su respiración con la palma de la mano. Acarició el papel, y con un fuego desenfrenante en sus ojos, rompió a pedazos el vestidito de azul cobalto, y resumió su deseo en afanosos suspiros de placer, mientras ella padecía el momento como eterno.
Comenzaron a resonar las campanas, pero no le dio importancia. Cuando éste fue capaz de oír cómo las voces armonizaban gloriosamente en un conmovedor Ave María, dejó su aberrante episodio para poder colocarse correctamente su sotana y dar comienzo el acto precedido por el pueblo, con una sonrisa en su rostro, aún demasiado empalagosa.
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